Vi que sólo fui la melodía virginal
Del pasado incierto, de las fantasías
Sueltas como las cuentas de un collar.
Un rincón de asombro, hastío y barro,
Hechos una mezcla aferrada al fondo
De la olla de la alquimista.
Me ahoga, codiciando mi garganta,
Descubrirme hecha piedra y empolvada.
Y vi que yo había sido gemidos y nostalgias
Que me despegaban de la piel y del tiempo.
Para creer que me coloreaba eterna,
Y que las estrellas del firmamento
Eran sólo el prólogo de mis ojos,
De mi pasión estremecida,
De mis labios.
Sí, yo fui un rincón con sabor a magia y a masapán.
Mas no hay oro en las pupilas amargas de la alquimista. Sólo vida y plegarias dormidas.
El tiempo y la piel se aferran a mi cuello.
He llegado al hueso amargo en mi paladar, descubriendo más epílogos que estrellas.
Soy únicamente un desastre ordenado.
Todas las cuentas amarradas en un collar que me ahoga.
Me ahoga...
Ser una poesía bien ensayada que a nadie le interesa escuchar.
sábado, 31 de mayo de 2014
miércoles, 28 de mayo de 2014
Tragisma
Nunca es la palabra que describe lo que fuimos. Lo que somos.
Fue para bien. Todo tenía su sentido, en medio de la mutua ingenuidad. La mutua estupidez. Finalmente, todo fue para bien.
¿Qué tal si hubiera sido distinto? ¿Qué tal si algo hubiera cambiado, si no hubieras sido un cobarde o si yo hubiera sido, quizás si hubieras encontrado conmigo, lo que en algún momento buscaste? Tantas preguntas a las alternativas que se quedaron empolvadas y abandonadas en las cuevas oscuras de lo que no fue.
En tus brazos había una dulzura entonces desconocida para mí. Adictiva y atrayente. Me era imposible pensar que no lo sentías también. Pero quizás era sólo yo, ataviada de delirios y de historias. Porque eso fue lo único que fuimos... yo ataviada de delirios y de historias que, en el jardín de mis inventos, eran vida fresca y nueva. En la realidad, eran quebradizas hojas secas.
El cuadro que rompí cuando rechazaste mis palabras... era un dibujo de amar. Ahí comenzó a marchitarse ese fuego mío de escribir, de dibujar, de convertir en arte lo que veía y lo que me sucedía. Ahí comencé a morirme un poquito. No más poeta. Sólo práctica para vivir.
Quizás nos hubiéramos encontrado. Probablemente nos habríamos excedido, con caricias o con inventos y en la ingenuidad de nuestros ideales, nos habríamos asustado. Del susto, probablemente habríamos terminado prematuramente y seguido la historia igual a como fue. O nos habríamos forzado a seguir juntos y confundido la dulzura de la piel con amor, albergando un resentimiento que contaminara todos nuestros sueños. Yo sería esa a la que le resentirías no haber tenido esa vida que querías. Esa que ahora sí tenés. O hay una tercera alternativa: que sí nos hubiéramos querido, pero que el amor se nos gastara con la desilución de conocernos mejor. Y luego, cada uno hubiera seguido su camino. Esa opción es la que más me hace sangrar. Te quedaste encerrado en mis armarios de leyendas y fantasías. No me diste la oportunidad de conocer al hombre y así me quedé atada a un mito para siempre. No me obligaste, sé que es culpa mía. Pero pienso, siento y en mi alma sé que fuiste un cobarde. Fuiste un cobarde. Yo no me guardé nada. Todo lo expresé. Debo ser tan absurda ante tus ojos. Pero vos fuiste cobarde. Un gran cobarde. Fuiste un cobarde.
Y aún así... me descubro a veces pensando en vos. Sintiendo esas melodías que ya deberían haberse hecho viento y estar lejos: en mis mejillas las siento. Soñando. Nada comprometedor, la conciencia no me lo permitiría. Sueños en los que te veo en las esquinas, en los que mirás las cosas que hago en un día cotidiano, o un servicio que nos tocaría planear juntos. Creo que nunca podré dejar de pensar en vos. Y esa idea me hace sentir cosas encontradas.
Fue para bien. Todo tenía su sentido, en medio de la mutua ingenuidad. La mutua estupidez. Finalmente, todo fue para bien.
¿Qué tal si hubiera sido distinto? ¿Qué tal si algo hubiera cambiado, si no hubieras sido un cobarde o si yo hubiera sido, quizás si hubieras encontrado conmigo, lo que en algún momento buscaste? Tantas preguntas a las alternativas que se quedaron empolvadas y abandonadas en las cuevas oscuras de lo que no fue.
En tus brazos había una dulzura entonces desconocida para mí. Adictiva y atrayente. Me era imposible pensar que no lo sentías también. Pero quizás era sólo yo, ataviada de delirios y de historias. Porque eso fue lo único que fuimos... yo ataviada de delirios y de historias que, en el jardín de mis inventos, eran vida fresca y nueva. En la realidad, eran quebradizas hojas secas.
El cuadro que rompí cuando rechazaste mis palabras... era un dibujo de amar. Ahí comenzó a marchitarse ese fuego mío de escribir, de dibujar, de convertir en arte lo que veía y lo que me sucedía. Ahí comencé a morirme un poquito. No más poeta. Sólo práctica para vivir.
Quizás nos hubiéramos encontrado. Probablemente nos habríamos excedido, con caricias o con inventos y en la ingenuidad de nuestros ideales, nos habríamos asustado. Del susto, probablemente habríamos terminado prematuramente y seguido la historia igual a como fue. O nos habríamos forzado a seguir juntos y confundido la dulzura de la piel con amor, albergando un resentimiento que contaminara todos nuestros sueños. Yo sería esa a la que le resentirías no haber tenido esa vida que querías. Esa que ahora sí tenés. O hay una tercera alternativa: que sí nos hubiéramos querido, pero que el amor se nos gastara con la desilución de conocernos mejor. Y luego, cada uno hubiera seguido su camino. Esa opción es la que más me hace sangrar. Te quedaste encerrado en mis armarios de leyendas y fantasías. No me diste la oportunidad de conocer al hombre y así me quedé atada a un mito para siempre. No me obligaste, sé que es culpa mía. Pero pienso, siento y en mi alma sé que fuiste un cobarde. Fuiste un cobarde. Yo no me guardé nada. Todo lo expresé. Debo ser tan absurda ante tus ojos. Pero vos fuiste cobarde. Un gran cobarde. Fuiste un cobarde.
Y aún así... me descubro a veces pensando en vos. Sintiendo esas melodías que ya deberían haberse hecho viento y estar lejos: en mis mejillas las siento. Soñando. Nada comprometedor, la conciencia no me lo permitiría. Sueños en los que te veo en las esquinas, en los que mirás las cosas que hago en un día cotidiano, o un servicio que nos tocaría planear juntos. Creo que nunca podré dejar de pensar en vos. Y esa idea me hace sentir cosas encontradas.
Nada nuevo
Nada nuevo. Nada, nada nuevo. Alguna vez pensé que escribiría grandes cosas. Luego, el reconocimiento opaco de mi falta de talento me hizo darme cuenta que, quizás, escribiría algo. Y luego, la decepción. La rutina. Las carreras. Me di cuenta de que mis sentimientos, mi visión del mundo, la forma particular de las cerámicas del piso de un consultorio médico que llamaron mi atención, todas las comparaciones, anécdotas, bromas, sentimentalismos... todo, todo lo que veo y pienso en convertir en narraciones... en realidad no es nada nuevo. Ya ha sido visto y expresado, probablemente mucho mejor de lo que yo podría mostrarlo al mundo. Así que escribir se convirtió en un silencioso aborto de desilución y postergación.
Alguna vez pensé que dentro de mí había tanta pasión y fantasía, que la piel se me llenaría de rayitas, hasta reventar como un cristal y explotar en palabras, en historias, en fantasías. Los últimos años han sido de volverme útil y práctica por fuera. A veces creo que me sequé un poquito por dentro.
Nada nuevo. No tengo nada nuevo qué contar. Pero voy a contarlo porque... bueno... porque no me gusta pensar que desapareceré de la existencia sin haber existido realmente.
Alguna vez pensé que dentro de mí había tanta pasión y fantasía, que la piel se me llenaría de rayitas, hasta reventar como un cristal y explotar en palabras, en historias, en fantasías. Los últimos años han sido de volverme útil y práctica por fuera. A veces creo que me sequé un poquito por dentro.
Nada nuevo. No tengo nada nuevo qué contar. Pero voy a contarlo porque... bueno... porque no me gusta pensar que desapareceré de la existencia sin haber existido realmente.
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